“Invierto en personas que me apasionen.” Esa fue la respuesta que me dio Howard Hartenbaum, uno de los inversionistas en tecnología más reconocidos a nivel mundial, cuando le pregunté el secreto de su técnica de inversión que lo convirtió en una leyenda en el mundo de las inversiones de Capital de Riesgo. Entre su portafolio de inversiones, Howard invirtió en SKYPE; la compañía de telefonía global que usa la infraestructura del Internet para cobrar tarifas mínimas al hacer llamadas internacionales. Al momento de vender esta compañía a EBAY en $2,600 millones de USD, Howard obtuvo un retorno de mil veces sobre su inversión, en tan sólo 20 meses.


En este ensayo hablaré un poco sobre la convergencia de dos temas que, a mi punto de vista, son de suma importancia para que la iniciativa privada impulse el Capital Privado en México. Primero tocaré el tema del desarrollo de empresas de base tecnológica en México. Posteriormente discutiré un poco sobre el Capital de Riesgo, inversión que jugará un papel clave para que los mexicanos puedan tomar el paso de tener una tecnología prometedora, a convertirla en una empresa líder en el ámbito internacional.

Empezando por la importancia de poner empresas de base tecnológica en México; considero que queda bastante claro que las potencias mundiales como EUA, Japón, Alemania e inclusive China, desarrollan empresas de base tecnológica con el fin de impulsar y acelerar su economía. Basta con sólo observar lo que dijo Alan Greenspan, el ex-presidente de la Reserva Federal de EUA, hace algunos años sobre “Algo especial que ha pasado en la economía de EUA en los últimos años”. El Sr. Greenspan mencionó que se encontraba sorprendido porque “Una economía que veinte años atrás parecía haber tenido ya sus mejores días, está demostrando un impresionante crecimiento económico que aparentemente tiene sus raíces en los avances de la tecnología.”

Otra prueba del impacto económico causado por el desarrollo tecnológico en las empresas lo podemos comprobar al echar un vistazo al índice NASDAQ, índice reconocido por tener una gran cantidad de empresas tecnológicas en EUA. El índice NASDAQ, con sus aproximadamente 3,200 empresas, es el que lista más compañías y que en promedio intercambia más acciones por día que cualquier otro mercado bursátil en EUA.

Queda claro que los avances de la tecnología impactan e impulsan de manera directa nuestro mundo económico y financiero, y que desarrollar productos o servicios relacionados con la tecnología representa un gran nicho de oportunidad. La pregunta es; ¿los mexicanos tenemos la infraestructura y los recursos suficientes para tomar esta oportunidad a nuestro favor? Si bien en México contamos con científicos que han desarrollado tecnologías de punta y han ganado concursos internacionales, tal como es el mexicano Mario Molina al ganar su premio Nobel en Química en 1995, o Mauricio Terrones del Instituto Potosino de Investigación con el premio por sus nanotubos de carbono, aún así existe en México un rezago considerable y es necesario impulsar esta área de Investigación.

Es un tema trillado hablar sobre cómo impulsar la Investigación y el Desarrollo en México para fomentar empresas de tecnología; gran parte de este papel lo juega el gobierno al promover la educación y financiar la ciencia para empujar estos proyectos. Pero vale la pena analizar qué podemos hacer nosotros, la iniciativa privada, para desarrollar infraestructura, promover estos proyectores tecnológicos y tener una ganancia financiera al mismo tiempo. En mi opinión, el motor de este movimiento es el Capital de Riesgo, en donde los inversionistas están dispuestos a financiar empresas que tengan el potencial de crecer mucho en un cierto período de tiempo. Los proyectos financiados generalmente son de tecnología, aunque también pueden ser proyectos que son simplemente muy innovadores. Menciona el rector de la UNAM, Juan Ramón de la Fuente, que México cuenta con individuos excepcionales que están desarrollando tecnologías y proyectos excelentes, pero que no tienen la oportunidad de integrarse al mercado productivo, como lo hacen sus homólogos en EUA, por falta de Capital de Riesgo.

Latinoamérica recibe tan sólo el 1% de los flujos globales de Capital Privado, de los cuales México sólo recibe un 10%. O sea que México recibe la milésima parte del Capital Privado en el Mundo. ¿Cómo podemos explicar esto si México es considerado como una de las 15 potencias mundiales y la economía líder de Latinoamérica, según el Banco Mundial?

Si los empresarios mexicanos desean incursionarse en la arena de la tecnología, lo primero que deben resolver es el cómo van a conseguir las grandes sumas de capital, propias de estos sectores, para lograr que todo funcione. Tal y como nos platicó el empresario Carlos Slim, cuando le preguntamos cuáles de todos los factores sociales, económicos, políticos, financieros, entre otros, son los que él considera fueron cruciales para lograr el éxito que obtuvo como empresario. El Ing. Slim nos contestó que para ofrecer un servicio o producto, primero necesitas crear una infraestructura, pero para crear esa infraestructura, el primer paso del proceso es invertir. Podemos ver entonces, que la inversión forma el motor y vínculo indispensable entre una tecnología prometedora y una empresa exitosa.

La inversión en México tiene sus retos. Debido a nuestro pasado histórico, podemos observar la ausencia de una cultura de inversión entre los mexicanos. Primeramente, nuestras raíces culturales prehispánicas hacían un mayor énfasis al comercio y no a la industria, esta última siendo la que está sujeta a mayor inversión. Posteriormente, después de la conquista, las pocas industrias existentes, como era la minería, estaban controladas por extranjeros, en su mayoría ingleses o franceses. Finalmente la revolución destruyó gran parte de nuestra industria localizada en el centro del país. ¿Cómo podemos esperar que los mexicanos tengamos una cultura de inversión si, en realidad, tenemos relativamente poco tiempo como un país industrializado?

Es por eso que al crear una empresa nos encontramos con dos barreras culturales de inversión muy grandes; la primera es que el emprendedor entienda y siga los principios de una buena práctica de gobierno corporativo y aceptar que no es lo mismo ser el administrador, el fundador, el presidente del consejo o el accionista mayoritario. El emprendedor muchas veces tiene que estar consciente que su punto fuerte es el desarrollo de la tecnología y que la empresa avanzaría mucho mejor si dejara que otros, expertos en su área, la administraran. Si los mexicanos de hoy empezamos a administrar empresas con la visión de formar una compañía multinacional con buenas prácticas de gobierno corporativo, en vez de querer hacerlo todo por nuestra propia cuenta, como se da en las típicas empresas familiares mexicanas, los inversionistas estarán más dispuestos a arriesgar su dinero en nosotros. Warren Buffett, el tercer hombre más rico del mundo, ha recalcado varias veces que si una empresa no ejerce excelentes prácticas de gobierno corporativo, no será considerada como potencial inversión.

Del otro lado de la moneda, los inversionistas mexicanos le huyen al término “Capital de Riesgo” con todo y que en EUA esta industria ha demostrado tener ingresos tan excepcionales, que ahora el sueño dorado de los egresados de Harvard y Stanford ya no es ir a Wall Street, sino participar como socios de una firma de Capital de Riesgo en Silicon Valley. Sin embargo, los inversionistas mexicanos le siguen teniendo miedo a este término “esotérico” y los pocos que no le tenían miedo les resultaba fiscalmente muy caro ponerlo en marcha.

Afortunadamente, este panorama ha avanzado mucho en estos últimos tres años. Las regulaciones han estado cambiando a favor de la aparición de fondos de capital de riesgo en México. La aparición de los Fideicomisos de Inversión de Capital Privado (FICAP) por ejemplo, nos otorgó un vehículo nuevo que facilita la operación de los fondos de Capital de Riesgo y le permite por primera vez a las PYMES aceptar sus inversiones. Por lo menos dos FICAPs regionales de tamaño mediano aparecieron en el 2006 y otros estaban trabajando en el proceso, lo cual nos sugiere que la aparición de esta figura sí causó un impacto positivo en este nuevo marco.

Otro avance sustancial es la creación de la nueva Sociedad Anónima Promotora de Inversión (SAPI). Esta sociedad ha sido diseñada para recibir inversiones de Capital Privado y servir como el organismo de transición de ser una empresa privada, a ser una compañía bursátil. La creación de la SAPI es otro paso que nos confirma que se está creando un marco legal dinámico que promueva la inversión de Capital Privado.

Sin embargo, todavía hacen falta varios avances; por ejemplo, las altas cuotas de administración de los FICAPs que cobran los bancos y que administran el fideicomiso, son un problema porque limitan de gran manera el tamaño mínimo de un fideicomiso. También es importante destacar que las autoridades mexicanas no deberían de olvidar que con sólo construir un nuevo marco legal que esencialmente eleve a México a la par con otras naciones en términos de derecho corporativo, no va a atraer inversión de capital tan fácilmente. Para tales propósitos, las autoridades mexicanas también necesitan afrontar otros retos como lo son las reformas estructurales, la inseguridad en México, etc. No por eso podemos negar que estemos avanzando a pasos agigantados y cada vez habrá más dinero que promoverán empresas que se financien por medio del Capital de Riesgo y el Capital Privado.

Si bien tenemos retos como el rezago científico y la falta de recursos, existen mexicanos exitosos en el ámbito internacional que nos prueban que sí podemos ser jugadores claves en empresas tecnológicas. Estamos en un momento histórico donde el dinero para invertir cada vez es más abundante en México. Ya no hay excusa, ahora es tarea de los mexicanos ingeniárselas para armar un buen equipo, que entienda y ejerza las prácticas de gobierno corporativo y que pueda combinar tanto talentos administrativos como personas con un profundo conocimiento tecnológico. Sólo de esta manera podremos pasar de ser un país que por historia ha sido poco industrializado y consumidor de tecnología, a ser un jugador clave en una nueva era industrial.